-No perseguimos finales perfectos, ni soluciones a la vuelta de la esquina, ni mucho menos rastreamos varitas mágicas. Se busca libertad, ese espacio donde uno pueda ser como quiera, y que el pensar no sea castigado; un lugar donde podamos volar y volver a soñar. Hay que creer de nuevo. Encuentra ese sitio donde nadie te diga que hacer o cómo actuar. Que las opiniones de pocos no valgan, pero sí la de todos. Es momento de que la voz retumbe… –
Así comenzaba mi gran discurso. Creía que iba a apabullarlos, que los dejaría sin aliento, que aplaudirían como si estuviesen en esos festivales de mierda. Pero…
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Mi madre debe estar colapsada frente al televisor, su adorada niñita se estaba convirtiendo delante del mundo, en una mujer sin pelos en la lengua. La imagino disculpándose con todos por mi gran arrebato, desconociendo a su propia sangre.
Hasta la vil cucaracha que iba pasando lentamente detrás de las cámaras buscando esa mierda como todos, no tuvo ni tiempo de masticar lo que acababa de decir…
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Fue un silencio eterno; imagino que los medios no lo esperaban, no hubo tiempo ni de ir a comerciales.
Por un segundo pensé que estaban meditando lo ahí dicho, pero era mucho pedir.
Me sacaron de ahí entre abucheos y tomatazos. Mi gran carrera estaba a punto de irse por la alcantarilla. Y como suele pasar en una mala película, todos me desconocieron al unísono.
Sé que esperaban un discurso a favor de toda esta mierda que engullimos y que vemos todos los días por la televisión, confiaban en que bailaría como simio, que mi charla aclararía y aseguraría del porqué es bueno seguir mintiendo, rechazando y violentando. Que la mejor adquisición del mundo, es el poder del silencio de las masas. Querían que diera mi punto reflexivo acerca de las nuevas tecnologías; ¿Qué no es absurdo suponer, que ahora ellas reinan sobre nosotros? Decir: “Es bueno que ellas piensen por nosotros”; que no es idiotez lo que logran, sino brillantez…
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Nada estaba premeditado, solo desperté antes de lo previsto esta mañana, me vestí tan elegante como pude. No arrugas, el blanco perfecto, zapatillas altas, todo en su lugar, hasta ese pequeño cabello rebelde que tanto se me hace en la nuca logré aplacarlo. Practiqué la sonrisa frente al espejo, disimulé con maquillaje el golpe izquierdo del ojo y la arruga de dignidad que se me dibujaba en la comisura de la boca.
Bajé a desayunar, saludé cordialmente al personal, me senté en la silla derecha del comedor, crucé las piernas, cerré ojos para meditar lo que iba a suceder, repetí en voz alta el discurso, manía que tengo desde hace más de veinte años, aunque ya no ayuda a enfocarme. Era otro discurso más, esos que los mandatarios aman y aprueban con los ojos cerrados.
Tostada con mermelada, un café amargo, la servilleta acomodada entre mis perfectos muslos.
Pero, por un instante, supe que esta mañana no sería como las de siempre … no fue por una llamada extraordinaria a deshoras, ni un mensaje de un fanático, mucho menos un mensaje de mi familia. Solo fue una pequeña bocanada de aire que se me escapó, tan vacilante y fuerte… y así, en segundos, todo se alteró.
Tomé las hojas, le di una mordida al pan con mermelada y comencé a modificar una a una las frases de las hojas que tan pulcras llevaba guardadas en el folder verde; un sorbo de café y exploto el lápiz en mi mano. No me llevo ni cinco minutos alterar todo, y tampoco fui consiente que esos cinco minutos transformarían todo para mí. Como sopesar la realidad.
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El caos está a punto de resurgir. No hay vuelta atrás.
Me han sacado por la parte trasera, los he traicionado. Lo dije claro y fuerte. Sabía que una palabra mía cambiaria el rumbo de todo.
Nunca me creí un mesías, sin embargo, para muchos lo fui. El cielo fue mi reino, ahora no soy más que un Judas. Me he condenado, el infierno es para nosotros los parlanchines.
Mi boca ha hablado, y esta arpía ha callado. Sé que desperté a la jauría, y el monstruo de casa ha de estar esperando para devorarme.
A estás alturas ya no importa ni siquiera el aborrecimiento de los míos.
No esperen arrepentimiento.
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He despeinado mi cabellera, la sonrisa ha desaparecido. El molde se ha averiado. Hojas al piso, tacones rotos. La marca de la dignidad a punto de resurgir. Puede que nada haya resuelto. Pero la boca ha vomitado lo amargo del café de toda la vida. Ahora viene la dulce realidad.
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Qué terrible final nos espera.
Mis verdugos no tardan en hablar.
Seré mi propio testigo. He dicho mi último discurso.
La falsedad me ha abandonado.
Solo me llevo cinco minutos, y en cinco minutos el espectáculo principal comenzará, pero lo que no saben, es que solo cinco minutos tardará el mundo en engullirnos…
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Esto no era mi huida, era la libertad buscando su escape…
